Star Wars: Tales of Redemption

I Noche. "Doctor Iván, si no te importa".

Lo único que se escucha, es cierto rum-rum proveniente de lo más profundo de la nave. A Iván, le gusta pensar que esa es la razón por la que no puede dormir. El laboratorio en el que trabajaba estaba absolutamente optimizado para que las horas de esfuerzo fuesen del máximo provecho, sin embargo, esta nave, es un desastre. Las distracciones son constantes…

Pero Iván interrumpe sus pensamientos. No es la nave, ni los compañeros, lo que le impiden dormir, o quienes hacen que, en mitad de una revisión, Iván se quede mirando el vacío. Es, en realidad, el recuerdo de su maestro muerto a sus pies. Saber que aquella era la única salida posible, si no querían que los pecados del maestro arrasasen con todo aquello que le rodeaba, incluyendo el laboratorio y a sus propios alumnos.

¿Pero por qué él? Eso no lo acababa de entender. Quizás el viejo se viese a sí mismo en la figura de Iván, o que confiase en él más que en nadie en todo el laboratorio por sus cualidades, o quizás, simplemente estaba desesperado, y buscaba salvar a alguien como vaga expiación por todas sus atrocidades.

Iván gira la cabeza, y encuentra a Dax en su lecho. Desnuda. Claro que disfruta de la visión, pero no puede evitar pensar en que no puede fiarse de ninguno de sus nuevos compañeros. Todos ellos movidos por la codicia, el dolor o la intrépida ignorancia. No puede evitar ver a sus compañeros como agentes interesados de sus propios intereses. Todos ellos saben que esta galaxia está podrida por algún u otro motivo, pero ninguno conoce los escabrosos detalles de planes desarrollados durante generaciones enteras con objeto de someter un sistema, controlar una raza, exterminar la descendencia de un enemigo.

Aparta todos estos pensamientos de su cabeza y se dirige al droide médico que acaba de unirse a la tripulación. Pocas horas después de que todos se acostasen, es el mejor momento, el único momento, en el que puede o siente fuerzas para hacer algo egoísta. Algo que necesita.

A Iván no le cuesta mucho acceder a los sistemas de protocolo del droide, que se abren ante él como una mujer recién seducida. O mejor. Ya que esto es real. Es un logro que ha alcanzado él a través de sus méritos. No es una concesión interesada, ni una muestra de arrepentimiento, como se teme que son todos los gestos que Dax tiene hacia él. Es un acto legítimo de seducción, algo íntimo, que sólo pertenece a las consciencias del taller.

Cuando acaba, atiende mucho cuando el nuevo droide le llama “Doctor Iván”, en lugar del seco e insípido “Iván” al que le tienen acostumbrado en aquella cafetera con motor. Sonríe al escuchar el tono irónico que emplea el droide. Muy parecido al de su maestro, cuando le “bautizó” así con todo el resquemor del mundo, tras una salida de tono. Desde entonces, la relación entre ambos se hizo más estrecha, más íntima, pero siempre se había limitado a los asuntos oficiales (u oficiosos) del laboratorio. Jamás habían llegado a tratar asuntos personales, ni falta que hacía.

O puede que sí hubiese hecho falta. Entonces, quizás Iván comprendería algo.

“No sigas mis pasos”, fueron las palabras del viejo. Algo muy fácil de decir, pero muy difícil de hacer. ¿Cómo podía saber Iván que sus actividades no eran aprovechadas por unos vulgares piratas para lograr sus fines? ¿Cómo sabía que todos sus esfuerzos se enfocaban hacia algo que su maestro aprobaría? Y la peor duda de todas ellas, lo que más le reconcomía por dentro: ¿qué garantía tenía de que, por muy buenas intenciones que tenga ahora, no estaba siguiendo exactamente los pasos de su maestro?. Al fin y al cabo, son las pequeñas decisiones, las pequeñas dudas, los pequeños descuidos, los que provocan que se tomen caminos sin retorno, llenos de equívocos. Al fin y al cabo, nadie quiere convertirse en el mayor genocida de la galaxia. ¿Cómo se acaba ahí? Un error, un favor que debes. Cualquier cosa te puede llevar a convertirte en un monstruo, o que alguien te convierta en uno. Especialmente cuando puedes llegar a ser un “monstruo con mucho talento”.

Dax le caló la primera noche. No es tonta, y él no sabe mentir, y mucho menos fingir que duerme. Pero no pregunta nada. Ella sabe lo que es no poder dormir por una conciencia mal atendida. Por eso también respeta su silencio. Pregunta, pero acepta que, a veces, no haya ninguna respuesta. Porque ella misma no tiene respuesta para muchos de los asuntos que la han estado atormentando hasta hace poco.

-¡joder!

No hay forma de hacer funcionar la torreta en modo automático.

-Vas a despertar a la nave entera.

Iván se gira, casi asustado. Dax le acerca una taza con alguna bebida dentro y algo sólido que comer.

gracias, preciosa- dice con inseguridad. Desde que salieron de aquel bar inmundo (de aquel planeta, de hecho), Iván no sabe muy bien cómo llamar a Dax. Dax parece buen nombre para el resto de la tripulación, pero, evidentemente, sienta él lo que sienta, tienen una relación algo más íntima que cualquier otra que el joven Iván haya tenido jamás con nadie. Los “cielo”, “querida” o “preciosa” suenan inseguros, torpes, casi falsos. Especialmente cuando no están trabajando juntos. Cuando Iván es más vulnerable y no cuenta con su fortaleza de tecnicismos y problemas mecánicos para esconderse detrás de un lenguaje que le resulta fácil y cómodo, mientras que para el resto supone terreno farragoso.

-¿cuál es el problema?

-Cuando huimos del planeta, hubo que tocar la parrilla de escudos para poder redirigir cierta cantidad de energía de algunos subsistemas. Ahora, necesito que parte de esa energía se rediriga a la torreta, pero el sistema falla. La parrilla debe estar hecha una mierda, y quería tenerlo listo cuanto antes.

Desilusionada, Dax acude a la parrilla y, con cierta destreza, logra desencajarla. Lo que ella querría es que, cuando pregunta “¿Cuál es el problema?” él le respondiese algo así como que “he abandonado mi vida, estoy perdido y necesito algo firme en lo que agarrarme, hace tiempo que no duermo, y necesito que me abraces”, así que está a punto de decírselo, o hacer un comentario al respecto, o…

Pero mejor se calla. Se acerca a la parrilla, y la arranca mientras Iván baja torpemente de la torreta. Entre los dos, revisan el sistema metódicamente. Él, tratando de olvidar todas sus dudas, centrándose en lo que tiene inmediatamente delante. Ella, buscando la escusa, o el valor, para hacerle saber que ha hecho algo bueno con ella, que no finge cuando le besa, que cualquier cosa es mejor que lo que hacía.

Pero ya se lo había dicho. Tímidamente. En más de una ocasión. Y la respuesta de Iván siempre había sido distante. A Dax le quedaba el consuelo de que, salvo por una tímida resistencia, podía seducir a Iván siempre que quisiese. No le suponía ningún esfuerzo llevárselo a la cama, pero no lograba que se relajase con ella o que descansase. O sencillamente que se quede acostado con ella y no se levante cuando piensa que ella está ya dormida.

Iván se molestaba en fingir que descansaba, así que Dax se molestaba en fingir que no se daba cuenta de que no descansaba. Y se daba cuenta de que eso no podía ser sano. Todo lo bueno que era Iván con las máquinas y los estudios, lo era Dax entendiendo a las personas. Y si había algo que Dax había aprendido con el tiempo, era el arte de la paciencia. Esperaba ( sabía) que con el tiempo, Iván se ablandase, que tuviese un momento de debilidad, y que por fin tuviese la necesidad, igual que la tiene cualquier ser vivo de la galaxia, de derrumbarse. De soltar su carga durante un rato.

Comments

Muy bueno Gabi.

He cambiado los diálogos a cursiva, porque dá problemas poner el texto entre guiones. También he cambiado el tag del post, para poder enlazarlo en la “Wiki”.

 

pues nada, a tu salud!

Primeless

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